Hubo un tiempo en que producir shacta era parte de la vida de decenas de familias del valle del Pilco. Hoy, esa tradición enfrenta una amenaza silenciosa: de los 48 o 49 productores que llegaron a existir hace algunos años, oficialmente quedan nueve y, de ellos, apenas cinco o seis mantienen una producción constante.
La advertencia fue lanzada por Richard López, productor de aguardiente de caña, durante la presentación del Festival de la Chacra, que se desarrollará el 11 y 12 de septiembre. Su preocupación no está puesta únicamente en el presente, sino en lo que puede ocurrir si no se generan condiciones para que las nuevas generaciones continúen elaborando esta bebida tradicional.
«Cada día somos menos», resumió al reclamar mayor respaldo de las autoridades para los productores.
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Una tradición que se puede extinguir
Para Richard, perder a los productores significa poner en riesgo mucho más que una actividad económica. Recordó que la producción de aguardiente huanuqueño ha sido reconocida como patrimonio cultural de la Nación y defendió las características particulares que, según explicó, adquiere la bebida por las condiciones en las que se produce.
Los productores trabajan con caña cultivada en zonas ubicadas por encima de los 2 mil metros sobre el nivel del mar, característica que, de acuerdo con su testimonio, contribuye al sabor y aroma del aguardiente.
Pero mantener esta tradición requiere inversión. El productor cuestionó que el Procompite no contemple directamente el apoyo a bebidas alcohólicas y planteó mirar toda la cadena productiva de la caña de azúcar.
Aguardiente, ron, vinagre, néctar, panela, miel de caña y chancaca forman parte de los productos que, según explicó, pueden elaborarse a partir de esta materia prima.
Por ello, consideró que existe un espacio para que las autoridades apoyen a los productores mediante tecnología y mecanismos de financiamiento que permitan mejorar y sostener la producción.
De las chacras de Huánuco a la Embajada de Rusia
La shacta también ha comenzado a despertar interés fuera del país. Richard relató que representantes rusos visitaron Huánuco y conocieron el producto durante una visita a Cachiaga.
Posteriormente, los productores fueron invitados a la Embajada de Rusia, donde presentaron sus bebidas ante el embajador y el agregado agrícola de ese país.
El recuerdo que conserva de aquella presentación es especialmente significativo. Cuando calificó su producto como «de calidad», asegura que el embajador ruso lo corrigió: «No es de calidad, es extraordinario».
Ahora, según explicó, se viene trabajando en un posible intercambio comercial con Rusia que podría abrir una oportunidad para llevar la shacta huanuqueña a ese mercado.
Para los productores, ese interés internacional contrasta con la realidad que viven en Huánuco: mientras un producto tradicional despierta curiosidad en otros países, cada vez son menos quienes mantienen encendidos los alambiques y continúan una tradición heredada por generaciones.
Y allí está la paradoja: la shacta podría tener una oportunidad para cruzar fronteras, pero primero necesita sobrevivir en la tierra donde nació.

